sábado, 16 de enero de 2021

Andrea

 Semana 1: El primer paso de un largo viaje

Este es mi cuarto mes de embarazo. La cena ha sido algo movida, mi pareja y yo no nos poníamos de acuerdo. Hemos decidido echarlo a suertes, he ganado yo y ella ha consentido. Al fin sabremos el sexo del bebé.

Cuando ambos hemos puesto nuestras huellas en la pantalla para firmar el consentimiento al informe de sexo he llorado de emoción. Creo que tengo las hormonas alteradas, se lo tendré que decir a nuestro Guía para que me ajuste la medicación si es necesario.

Ahora, en la cama, esperando que el sueño me invada, me siento a punto de estallar, los nervios no me dejan pegar ojo y, por si fuera poco, mi pareja no hace más que hablar en sueños.

Lo cierto es que estos últimos dos años han sido una verdadera odisea. Cuando mi pareja y yo decidimos tener un hijo, la primera duda que nos asaltó fue si nos concederían el permiso de Nacimiento. La sobrepoblación está controlada rigurosamente y en aquél momento no teníamos datos de cuántos niños iban a permitir traer al mundo en este próximo 2103.

Sabíamos que cumplíamos los requisitos requeridos: trabajo estable e ingresos, más que suficientes; vivienda propia; ambos estamos afiliados al partido; ninguno hemos tenido hijos con anterioridad; tenemos un historial familiar limpio de enfermedades, malformaciones, discapacidades y delitos contra el estado, el partido o la sociedad; ambos luchamos por la secesión hace años; en definitiva, somos patriotas productivos, necesarios y fieles al régimen.

No había forma, si el gobierno rechazaba la solicitud no sería por que no cumpliéramos las exigencias requeridas por ley, pero, cabía la posibilidad de que se hubieran presentado demasiadas solicitudes para 2103 o que los nacimientos permitidos fueran escasos, incluso ninguno.

Aquello me aterraba. El no poder contribuir a nuestra sociedad trayendo savia nueva, como patriota, era algo que no podía permitir. Pero, por suerte, no fue así. En poco menos de tres semanas nos comunicaron que habíamos sido seleccionados. Aún recuerdo la cara de felicidad que puso nuestra familia cuando le dijimos que la solicitud había tenido contestación positiva. Los besos y abrazos, incómodos por costumbre, nos supieron a gloria en ese momento.

Lo cierto es que, a pesar de todo y de sentirme feliz, el miedo a que algo falle no me ha dejado de acompañar en todo momento. La fase pre-InUtero supuso un verdadero reto para mí.

Yo soy La Matriz, así lo decidimos, y como tal, mi preparación debía ser más compleja que la de mi pareja. Ambos queríamos un hijo propio, por lo que a los dos nos controlaron y administraron la medicación precisa; tanto el óvulo como el espermatozoide tenían que ser los idóneos para crear la mejor vida posible, según nuestros genes, pero a La Matriz debe administrársele medicación adicional para poder engendrar un feto sano y que cumpla con los estándares legales.

Además, a pesar de no ser necesario, yo quería que La Matriz se implantara por completo dentro de mi cuerpo. En mi familia nadie había nacido InUtero hasta entonces y para mí era un orgullo ser el primer miembro de la familia Scotto en vivir la experiencia completa.

¡Madre mía la de pastillas que me hicieron tomar durante todo el proceso! Que si calcio, que si ácido fólico, que si hormonas, magnesio, colágeno y un largo etcétera de vitaminas y proteínas. Gran parte de esa fase fue un verdadero calvario.

Después de la operación, La Matriz tuvo que adaptarse a mi cuerpo. Ahora la siento como si siempre hubiera formado parte de mí, pero cuando me la injertaron, pasé semanas enteras con fuertes dolores, pérdidas de sangre, vómitos, incluso temí que mi cuerpo la estuviera rechazando. Por suerte, no fue así.

El proceso recorrido hasta este momento ha sido complicado, es cierto, y el miedo a que haya algún fallo sigue estando ahí, pero no me arrepiento de la decisión tomada.

Cuando tuvieron que hurgar en mi cerebro tuve algunas dudas, eso sí. Comprendía que era necesario que mis neuronas respondieran positivamente al implante del Nanochip; éste iba a controlar el buen desarrollo del feto, pero una operación de ese calibre me asustaba, incluso más que el injerto de La Matriz. Temía que aquel mecanismo diminuto en forma de lágrima pudiera alterar mis sentidos, que no pudiera caminar o que me afectara al habla. Se habían dado casos de personas incapacitadas por culpa de un mal implante. Mi Guía me tranquilizó, asegurándome que, una vez tuviera al embrión dentro, no me arrepentiría de haberme metido en la experiencia InUtero completa.

Por supuesto, ahora sé a qué se refería. Es una experiencia que hay que vivir para entenderla en toda su grandeza.

Tras el largo proceso de adaptación al implante del chip y de La Matriz, vino el momento tan deseado por mi pareja y yo, el implante del embrión, que fue un éxito rotundo a la primera. Al día siguiente de tenerlo dentro de La Matriz, ya pude notar, gracias al Nano, como las células se dividían iniciando el recorrido para formar a un ser humano. Es una sensación indescriptible, es una energía cálida y bulliciosa, la vida misma atravesando mis terminaciones nerviosas y agitando mi cerebro, como el líquido efervescente de un refresco acelera las papilas gustativas. Cada día que pasaba estaba lleno de sensaciones nuevas. A veces creía que iba a estallar, que las emociones y sentimientos que estaba experimentando podían hacerme perder el control, que enloquecería con tanta vida llenando mi cuerpo.

Tras algunas semanas de intensa agitación, logré acostumbrarme. Creo que mi Guía estuvo a punto de despedirse, tantas fueron las noches en las que le llamé para consultar dudas sobre todo lo que estaba experimentando.

Mi pareja, por el contrario, soportó todo mi desconcierto con estoicismo y una persistente sonrisa. No hay duda, ha sido mi gran apoyo, la fuerza que me ha ayudado a sobrellevar con positivismo todo este proceso.

Ahora, con todo ya funcionando sin problemas, los nervios me asaltan sobretodo de noche, pero esta ansiedad es distinta, ya no nace del miedo sino de la urgencia, de la necesidad de tener ya a mi hijo, de verlo, de acariciarlo, de cuidarlo.

Son las tres de la madrugada. Mi pareja parece haber acabado su plática noctámbula con Morfeo y duerme relajada, en silencio. Noto al feto moverse, creo que está algo tenso, me paso las manos por el vientre abultado. Gracias al Nano puedo transmitir al bebé ondas relajantes y sé que él puede sentirlas, estamos conectados como si ambos fuéramos uno solo, aunque creo que hoy no lo consigo del todo. Espero que el feto sepa que estos nervios son solo la emoción de un padre primerizo ansioso por saber el sexo del hijo que está engendrando. Sea como sea, ya sea XX como mi pareja o XY como yo, su nombre será Andrea.

R.C. Martínez
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