martes, 2 de febrero de 2021

El enemigo interior

Semana 4: Another brick in the wall

Hace semanas que Juan no puede pegar ojo. Se siente encerrado en su propia casa desde que el vecino levantó el muro de setos en el jardín. Juan sabe que con solo abrir la puerta de la entrada podría salir y respirar aire fresco pero no le da la gana. Prefiere pasarse el día y la noche observando el muro.

Lo ha revisado de arriba abajo, de izquierda a derecha y en diagonal; para su desgracia, no ha encontrado ni una solo agujero. Es un muro tupido, perfumado y de color verde oscuro. De tanto mirarlo y olerlo, Juan ha llegado a la conclusión de que el verde es igual al del agua turbia del antiguo lavadero del pueblo. El olor, en cambio, le recuerda al aroma que desprende la Jimena cuando quiere engatusarlo para conseguir algo. Empieza a conocer a aquella barrera tan bien como a la propia mano, tanto como se puede llegar a conocer al enemigo que uno tiene dentro de sí mismo. Pero el muro es distinto al enemigo interior de Juan, parece no tener puntos débiles y esto molesta al hombre sobremanera.

Al día siguiente de que apareciera la mole pardusca en el patio, Juan se encaró con el vecino. Le dijo que “cómo es posible que hayas levantado esta monstruosidad sin consultármelo primero”. Apeló a la amistad y buena convivencia que siempre había existido entre sus familias para conseguir, sin éxito, que el vecino derrumbara el muro. Llegó un momento en que Juan perdió los papeles y suplicó, entre mocos y grandes aspavientos. Andrés, el vecino, se compadeció del hombre, pero no cedió a las peticiones de Juan. No podía, así se lo dijo y le cerró la puerta en las narices. Juan regresó cabizbajo al patio y siguió contemplando al muro de setos.

Durante días Juan estuvo buscando la forma de hacerlo desaparecer. Aquello no le dejaba descansar. Iba por el jardín murmurando imprecaciones, lanzando bufidos, mirando al muro de reojo y maldiciendo. De vez en cuando arrancaba alguna rama, escupía al suelo y juraba que acabaría con los setos “a mordiscos”. Cuando se sentaba a la mesa para cenar, refunfuñaba mientras se llevaba los macarrones a la boca. De noche se levantaba infinidad de veces para mirar por la ventana. Esperaba que aquello no estuviera allí pero, cada vez que se asomaba, veía la gran masa de setos, inalterable a sus miradas de odio.

Desde hace unas noches, entre la duermevela, le acosa como una sombra de deformes ojos grises y largos brazos. Juan despierta entre sudores, se acerca por enésima vez a la ventana y vigila; la endemoniada barrera le está amargando la existencia.

Lo cierto es que Juan es un hombre perdido desde hace tiempo. Nunca ha sido demasiado espabilado ni ha tenido grandes aficiones. Durante cuarenta y tres años ha trabajado en lo mismo, de peón en la cementera del pueblo. Hace un año escaso que lo han pre jubilado, pero desde hace mucho antes que él ha llegado a la conclusión de que nunca ha sido un hombre ni demasiado útil, ni demasiado imprescindible. Sus pocos vicios son el alcohol, que desde hace meses bebe en demasía, algún que otro pitillo de vez en cuando y dormir a la fresca viendo como el sol se esconde, con pereza, por detrás de los montes que bordean las casas del pueblo. Ahora estos momentos de asueto han desaparecido, junto con los montes y el sol, la colosal valla le impide la visión. Juan siente una ansiedad creciente que le paraliza hasta hacerlo jadear por la angustia.

A Jimena no le ha contado nada de todo eso. Él cree que ella hace tiempo que lo mira distinto. Lo mira como si fuese una carga, como si ya no le aportara nada, sin calor en los ojos. Por eso prefiere callar a tener la certeza de que así sea. Pero todo es peor desde que el muro se interpone entre él y todo lo demás. Desde que aquello ha llegado a su vida ha dejado de creer en sí mismo y en el futuro.

A la semana de tenerlo en el jardín, a Juan se le ocurrió coger la podadera que tenía en la caseta y empezó a cortar. El hombre furibundo daba bandazos aquí y allá, tijera en manos, como un castizo samurái venido a menos, la boina calada hasta el nacimiento de las cejas y un pitillo pegado en el labio inferior. A veces reía entre dientes viendo como caían por doquier las ramas ganadas a los setos. En un momento el patio se llenó de cadáveres verduscos. Pero Juan se cansó pronto, a sus sesenta y cuatro años mal llevados, la fuerza se le escapaba por la boca. Jimena, al regresar a casa al mediodía, se lo encontró cubierto de broza, hormigas y sudor. Él estaba sentado en una hamaca, los hombros caídos, una cerveza en una mano, la podadera en la otra y un gesto de amarga derrota en el rostro. El muro había sobrevivido a la violencia desatada y, aunque algo magullado, se elevaba ante él, mudo e indestructible, ajeno al hombrecillo que era su marido, como un dios ancestral e inalcanzable.

—Éste cabrón me ha ganado, Jimena. Ya no sirvo para nada.

Jimena no dijo nada, lo miró como se mira a alguien al que se le ha entregado toda la vida y de pronto te das cuenta de que está vacío por completo; Juan era un muñeco roto que ha perdido toda la borra. Sabía que a su marido le pasaba algo muy malo. Entró en la cocina y se puso a llorar.

Desde entonces han pasado seis semanas y, aunque Juan a veces reconoce entre dientes que la barrera es bonita, “majestuosa” como le gusta describirla, ya no puede más. Se siente sometido por aquella pared de arbustos que le imposibilita la vista. Siente su libertad y su hombría aniquiladas por un enemigo silencioso y voraz al que no consigue vencer. Cada vez se encoge más ante el muro y cree que es momento de hacer algo para no desaparecer del todo.

Esta mañana se ha arreglado después de meses sin hacerlo y ha ido a ver al alcalde. Lleno de esperanza y remordimiento ha denunciado a Andrés por haber construido una valla de setos que a él le parece una “intromisión en su libertad de conocimiento” y un “acoso premeditado a su salud mental”.

Jaime, el alcalde, con los pies encima de la mesa de su despacho, ha escuchado al pobre Juan sin decir ni mu hasta que el hombre ha acabado con su queja. Después le ha dicho con mucha paciencia y sensatez.

—Juan, no creo que sea asunto tuyo si el vecino pone setos en su finca. Seguro que tienes cosas mejores en las qué ocupar la mente. Hace un año que te has jubilado y podrías hacer lo que quisieras, pero te pasas el día en casa. Tienes el huerto hecho un desastre. La Jimena está preocupada; dice que últimamente pareces un alma en pena, que bebes más de la cuenta y que casi ni hablas con ella. ¿Cuándo fue la última vez que saliste al campo o simplemente a pasear por el pueblo? No te hemos visto por el casino ni un solo día desde hace meses. Venga hombre, la jubilación no es el fin del mundo, ahora es el momento de vivir.

Juan ha mirado al alcalde. Los ojos blandos y húmedos como los de un cachorro abandonado.

—Jaime, te juro que ese muro es el mismo diablo.

—Venga amigo, no digas más sandeces. ¡Ea! Hoy vístete de domingo y lleva a la Jimena al cine, en el casino echan una de nuestra época. Vamos, ánimo y deja al vecino tranquilo, que ya somos mayorcitos.

El alcalde ha despedido a Juan con un golpe amistoso en el hombro. Pero a Juan aquella conversación lo ha alterado todavía más. Ahora, sentado ante el muro, con la mirada perdida en él, cavila la manera de prenderle fuego.

***

En el pueblo de La Laguna son las cuatro de la madrugada pero suenan sirenas. La casa de Juan está ardiendo. La explosión de la bombona de butano se ha oído a kilómetros. Jimena está siendo atendida por enfermeros. Desde la camilla observa, horrorizada, como las lenguas de fuego devoran su hogar. Está cubierta de hollín, tose violentamente y con fuertes sacudidas. Tiene algunas quemaduras de importancia, pero ha podido escapar por la ventana del dormitorio, no sin dejarse la rodilla izquierda en la caída. Gran parte de los vecinos se han acercado hasta el lugar sobrecogidos por la detonación de la bombona y el espectáculo dantesco del incendio. Alguien pregunta por Juan pero nadie sabe nada. Al otro lado de la calle, detrás de la casa, en el jardín, el muro de setos se consume envuelto en llamas: ha perdido la batalla contra un jubilado que al fin descansa. Juan también es pasto del fuego, caído de bruces sobre el patio todavía agarra un mechero y un bote de alcohol de quemar.

R.C. Martínez 


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