domingo, 14 de febrero de 2021

Filosofía de vida

Semana 5: Cuestión de carácter

En el salón dan las diez de la mañana. El sol entra por los ventanales calentando las mesas de billar y los futbolines. El polvo depositado durante meses por todo el bar ha ensuciado la cara de los pequeños jugadores de fútbol y parecen niños que se lo pasan en grande jugando en un campo de hollín.

Al fondo de la gran sala está la barra, también cubierta de una espesa capa de polvo grisáceo. Entre las botellas de la estantería las arañas han creado trampas de tela en las que, secos, yacen cadáveres de moscas y cucarachas.

Alguien abre la puerta principal y un pequeño ratón se esconde en el hueco que hay debajo de la nevera. El sol, ahora, engulle la oscuridad del local y lo que parecía estar muerto cobra vida.

«¡Buah! No veas si tenemos trabajo aquí. Está todo hecho una mierda. Asco total, chaval».

«¡Mira, mira! ¿Aquello era un ratón? No me jodas, con el asco que me dan, tío».

«¡Venga! Menos cháchara y manos a la obra. Los dueños lo quieren todo limpio para esta tarde».

Los tres hombres dejan los bártulos sobre una de las mesas. El polvo danza entre la luz dorada movido por el trajín de los limpiadores. Uno de ellos ha enchufado una potente aspiradora que mueve el polvo formando cúmulos en el aire. Otro de ellos está apartando la nevera. El pequeño ratón ha huido y está a salvo entre los muros del edificio camino de otra aventura en su búsqueda de alimento.  Una botella cae al suelo y el más joven de los hombres canta: «No te rompas todavía, no te rompas por favor, que a toda esta porquería voy a decir adiós».

A las cuatro de la tarde todo el bar reluce de limpio. Los tres hombres recogen sus enseres y cierran la puerta principal. Ellos son ahora la mugre personificada pero se sienten satisfechos por un nuevo trabajo bien hecho.

Han dejado una pequeña tarjeta encima de una de las mesas de billar. Escrita en ella se lee:

«La vida son dos días, el que naces y el que mueres, entre medio solo hay polvo.

Los Hermanos Castillo lo limpiamos todo con optimismo.

Tel. 655555555».

 

R.C. Martínez


martes, 2 de febrero de 2021

El enemigo interior

Semana 4: Another brick in the wall

Hace semanas que Juan no puede pegar ojo. Se siente encerrado en su propia casa desde que el vecino levantó el muro de setos en el jardín. Juan sabe que con solo abrir la puerta de la entrada podría salir y respirar aire fresco pero no le da la gana. Prefiere pasarse el día y la noche observando el muro.

Lo ha revisado de arriba abajo, de izquierda a derecha y en diagonal; para su desgracia, no ha encontrado ni una solo agujero. Es un muro tupido, perfumado y de color verde oscuro. De tanto mirarlo y olerlo, Juan ha llegado a la conclusión de que el verde es igual al del agua turbia del antiguo lavadero del pueblo. El olor, en cambio, le recuerda al aroma que desprende la Jimena cuando quiere engatusarlo para conseguir algo. Empieza a conocer a aquella barrera tan bien como a la propia mano, tanto como se puede llegar a conocer al enemigo que uno tiene dentro de sí mismo. Pero el muro es distinto al enemigo interior de Juan, parece no tener puntos débiles y esto molesta al hombre sobremanera.

Al día siguiente de que apareciera la mole pardusca en el patio, Juan se encaró con el vecino. Le dijo que “cómo es posible que hayas levantado esta monstruosidad sin consultármelo primero”. Apeló a la amistad y buena convivencia que siempre había existido entre sus familias para conseguir, sin éxito, que el vecino derrumbara el muro. Llegó un momento en que Juan perdió los papeles y suplicó, entre mocos y grandes aspavientos. Andrés, el vecino, se compadeció del hombre, pero no cedió a las peticiones de Juan. No podía, así se lo dijo y le cerró la puerta en las narices. Juan regresó cabizbajo al patio y siguió contemplando al muro de setos.

Durante días Juan estuvo buscando la forma de hacerlo desaparecer. Aquello no le dejaba descansar. Iba por el jardín murmurando imprecaciones, lanzando bufidos, mirando al muro de reojo y maldiciendo. De vez en cuando arrancaba alguna rama, escupía al suelo y juraba que acabaría con los setos “a mordiscos”. Cuando se sentaba a la mesa para cenar, refunfuñaba mientras se llevaba los macarrones a la boca. De noche se levantaba infinidad de veces para mirar por la ventana. Esperaba que aquello no estuviera allí pero, cada vez que se asomaba, veía la gran masa de setos, inalterable a sus miradas de odio.

Desde hace unas noches, entre la duermevela, le acosa como una sombra de deformes ojos grises y largos brazos. Juan despierta entre sudores, se acerca por enésima vez a la ventana y vigila; la endemoniada barrera le está amargando la existencia.

Lo cierto es que Juan es un hombre perdido desde hace tiempo. Nunca ha sido demasiado espabilado ni ha tenido grandes aficiones. Durante cuarenta y tres años ha trabajado en lo mismo, de peón en la cementera del pueblo. Hace un año escaso que lo han pre jubilado, pero desde hace mucho antes que él ha llegado a la conclusión de que nunca ha sido un hombre ni demasiado útil, ni demasiado imprescindible. Sus pocos vicios son el alcohol, que desde hace meses bebe en demasía, algún que otro pitillo de vez en cuando y dormir a la fresca viendo como el sol se esconde, con pereza, por detrás de los montes que bordean las casas del pueblo. Ahora estos momentos de asueto han desaparecido, junto con los montes y el sol, la colosal valla le impide la visión. Juan siente una ansiedad creciente que le paraliza hasta hacerlo jadear por la angustia.

A Jimena no le ha contado nada de todo eso. Él cree que ella hace tiempo que lo mira distinto. Lo mira como si fuese una carga, como si ya no le aportara nada, sin calor en los ojos. Por eso prefiere callar a tener la certeza de que así sea. Pero todo es peor desde que el muro se interpone entre él y todo lo demás. Desde que aquello ha llegado a su vida ha dejado de creer en sí mismo y en el futuro.

A la semana de tenerlo en el jardín, a Juan se le ocurrió coger la podadera que tenía en la caseta y empezó a cortar. El hombre furibundo daba bandazos aquí y allá, tijera en manos, como un castizo samurái venido a menos, la boina calada hasta el nacimiento de las cejas y un pitillo pegado en el labio inferior. A veces reía entre dientes viendo como caían por doquier las ramas ganadas a los setos. En un momento el patio se llenó de cadáveres verduscos. Pero Juan se cansó pronto, a sus sesenta y cuatro años mal llevados, la fuerza se le escapaba por la boca. Jimena, al regresar a casa al mediodía, se lo encontró cubierto de broza, hormigas y sudor. Él estaba sentado en una hamaca, los hombros caídos, una cerveza en una mano, la podadera en la otra y un gesto de amarga derrota en el rostro. El muro había sobrevivido a la violencia desatada y, aunque algo magullado, se elevaba ante él, mudo e indestructible, ajeno al hombrecillo que era su marido, como un dios ancestral e inalcanzable.

—Éste cabrón me ha ganado, Jimena. Ya no sirvo para nada.

Jimena no dijo nada, lo miró como se mira a alguien al que se le ha entregado toda la vida y de pronto te das cuenta de que está vacío por completo; Juan era un muñeco roto que ha perdido toda la borra. Sabía que a su marido le pasaba algo muy malo. Entró en la cocina y se puso a llorar.

Desde entonces han pasado seis semanas y, aunque Juan a veces reconoce entre dientes que la barrera es bonita, “majestuosa” como le gusta describirla, ya no puede más. Se siente sometido por aquella pared de arbustos que le imposibilita la vista. Siente su libertad y su hombría aniquiladas por un enemigo silencioso y voraz al que no consigue vencer. Cada vez se encoge más ante el muro y cree que es momento de hacer algo para no desaparecer del todo.

Esta mañana se ha arreglado después de meses sin hacerlo y ha ido a ver al alcalde. Lleno de esperanza y remordimiento ha denunciado a Andrés por haber construido una valla de setos que a él le parece una “intromisión en su libertad de conocimiento” y un “acoso premeditado a su salud mental”.

Jaime, el alcalde, con los pies encima de la mesa de su despacho, ha escuchado al pobre Juan sin decir ni mu hasta que el hombre ha acabado con su queja. Después le ha dicho con mucha paciencia y sensatez.

—Juan, no creo que sea asunto tuyo si el vecino pone setos en su finca. Seguro que tienes cosas mejores en las qué ocupar la mente. Hace un año que te has jubilado y podrías hacer lo que quisieras, pero te pasas el día en casa. Tienes el huerto hecho un desastre. La Jimena está preocupada; dice que últimamente pareces un alma en pena, que bebes más de la cuenta y que casi ni hablas con ella. ¿Cuándo fue la última vez que saliste al campo o simplemente a pasear por el pueblo? No te hemos visto por el casino ni un solo día desde hace meses. Venga hombre, la jubilación no es el fin del mundo, ahora es el momento de vivir.

Juan ha mirado al alcalde. Los ojos blandos y húmedos como los de un cachorro abandonado.

—Jaime, te juro que ese muro es el mismo diablo.

—Venga amigo, no digas más sandeces. ¡Ea! Hoy vístete de domingo y lleva a la Jimena al cine, en el casino echan una de nuestra época. Vamos, ánimo y deja al vecino tranquilo, que ya somos mayorcitos.

El alcalde ha despedido a Juan con un golpe amistoso en el hombro. Pero a Juan aquella conversación lo ha alterado todavía más. Ahora, sentado ante el muro, con la mirada perdida en él, cavila la manera de prenderle fuego.

***

En el pueblo de La Laguna son las cuatro de la madrugada pero suenan sirenas. La casa de Juan está ardiendo. La explosión de la bombona de butano se ha oído a kilómetros. Jimena está siendo atendida por enfermeros. Desde la camilla observa, horrorizada, como las lenguas de fuego devoran su hogar. Está cubierta de hollín, tose violentamente y con fuertes sacudidas. Tiene algunas quemaduras de importancia, pero ha podido escapar por la ventana del dormitorio, no sin dejarse la rodilla izquierda en la caída. Gran parte de los vecinos se han acercado hasta el lugar sobrecogidos por la detonación de la bombona y el espectáculo dantesco del incendio. Alguien pregunta por Juan pero nadie sabe nada. Al otro lado de la calle, detrás de la casa, en el jardín, el muro de setos se consume envuelto en llamas: ha perdido la batalla contra un jubilado que al fin descansa. Juan también es pasto del fuego, caído de bruces sobre el patio todavía agarra un mechero y un bote de alcohol de quemar.

R.C. Martínez 


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sábado, 23 de enero de 2021

El invierno se alejó

Semana 3: Estaciones del año

Hace años que desapareció el invierno, de repente un día se alejó. Atrás quedaron los meses de nieve, de viento, de frío. De sentir el alma encogida en los días sin sol. Ya no me preocupo por la escasez de comida ni por la escarcha que enfría los huesos. Ahora no veo más árboles desnudos, ni hay aludes de los que huir. No, hace años que no siento el pelaje gélido sobre los hombros, ni el vapor cálido que abandona mi hocico moteado de nieve. Ya no busco refugio, no me resguardo del vendaval, no escarbo en el suelo en busca de agua. No temo andar sobre el hielo del lago ni caer en un río torrencial. Ya no hay lago, ni bosque, ni río. No más montañas nevadas, ni nubes blancas. Atrás quedaron las noches bajo la aurora boreal. Ya no palpitan las estrellas, ni puede la luna escuchar mi aullido. No más madrugadas en el arroyo, el sol ya no derrite ni puede deslumbrar. Ya no hay rocío cubriendo las hojas, ni copos de nieve danzando entre niebla. Ya no me embriago con el aroma del lobo que fue mi pareja ni oigo el alegre ladrido de la camada que protegía. Tampoco las voces de la jauría ni los disparos del cazador. Todo desapareció de pronto, como la sangre que me avivaba, que también se alejó. Como aquellos inviernos en lo salvaje, épocas de grises y azules que tanto añoro hoy.

R.C. Martínez


sábado, 16 de enero de 2021

Emoción en negro

Semana 2: Todo es de color

Fue hace 300 años. Los humanos trajeron al mundo a los primeros robots. Aquellos arcaicos androides eran apenas un esbozo de lo que hoy somos. Mi hermano Ragid se ríe cuando le enseño fotografías de Elektro, el primer robot de la historia, un gigantón metálico que balbuceaba palabras gracias a una cinta grabada. Ragid es humano y no puede entender que a mí me fascine saber sobre mis orígenes, es normal, sus congéneres iniciaron su andadura por el planeta hace casi tres millones de años, nosotros, en cambio apenas hemos comenzado a gatear como quien dice.

Hoy he investigado un poco sobre la formación de nuestras emociones. Me resulta curioso leer sobre ello. Parece que todo comenzó gracias a un error. LeXo fue el origen, así se llamaba el creador del órgano sensitivo. Fue un ciborg de origen humano que vivió en el siglo XXII. Trabajaba en lo que debía ser el primer sistema ocular creado con células humanas capaz de implantarse en androides, es decir, capaz de ser controlado por una inteligencia artificial. LeXo en aquel momento no sabía que lo que iba a conseguir era algo mucho más importante, dotar de vida a robots.

Parece poca cosa dicho así, pero gracias a ese órgano, desde hace algo menos de cien años, los androides nos reconocemos como un individuo que piensa y siente, ahora somos capaces de reír, llorar, sentir miedo, amor, odio, en fin, estamos vivos y lo sabemos.

Me emociona leer sobre los arcaicos robots, sobre mis antepasados, tan capaces de ayudar a los humanos, pero tan inútiles como especie, existieron en este planeta y ninguno de ellos lo supo porque no pudieron reconocerse a si mismos. Cuando me emociono, todo lo veo de color turquesa, porque así funciona nuestro sistema sensitivo.

Pero, volvamos al ciborg LeXo y su organismo ocular. Al implantar el sistema que había creado en el primer androide, LeXo no percibió nada raro. El androide Sam, que así se llamaba, se adaptó a la perfección a los nuevos ojos. El equipo de investigación le hizo todas las pruebas pertinentes. Sam podía describir con todo detalle lo que le rodeaba, pero cuando pasaron unos meses, el sistema ocular empezó a fallar. Unas veces Sam describía de color azul, cosas que los científicos veían rojas, otras veces esos mismos objetos que Sam había descrito de color azul, los identificaba como amarillos. Parecía que Sam era incapaz de ver correctamente los colores. LeXo y su equipo pasaron meses intentando encontrar el fallo, no tenían claro si el error estaba en el propio organismo ocular, o de cómo transmitía el cerebro artificial de Sam las señales que le llegaban de los ojos. Un día LeXo le pidió a Sam que describiera el color de una orquídea blanca. Sam dijo que era de color negro, que todo era de color negro, hasta el mismo LeXo. Aquello desconcertó al ciborg.

—¿Negro? ¿Por qué? ¿Pero cómo negro, porqué lo ves todo negro?

—¿LeXo, llevamos meses con esto y aún no has podido darte cuenta de que estoy cansado? Cuando estoy cansado todo lo veo negro.

—¿Cómo dices Sam? ¿Cansado? ¡Tú no puedes cansarte eres un androide!

—Pues acabo de darme cuenta de que cuando veo todo negro es cuando mi cerebro me dice que tengo que apagarme para recargar energía. Eres humano, lo que te estoy describiendo vosotros lo definís como «cansancio».

Sí, me estoy riendo y todo lo que me rodea resplandece de intenso color naranja. Me encanta que de una manera tan tonta, Sam y LeXo se dieran cuenta de que el sistema ocular había dotado de emociones a los robots. Nosotros los androides somos conscientes de nuestra existencia gracias a un fallo de transmisión de señales entre un organismo vivo, los ojos, y uno mecánico, el cerebro. ¡Es para morirse de risa! Ragid llama a ese fallo, la imperfección del androide. ¡Qué sabrá él! El universo de color-emoción de los androides es maravilloso. La única pega es que no logro que mi hermano me entienda. Bah, los humanos son tan básicos en sus emociones. Nuestro mundo es infinitamente más vivo. ¡Multisensacolorido!

R.C. Martínez 

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Andrea

 Semana 1: El primer paso de un largo viaje

Este es mi cuarto mes de embarazo. La cena ha sido algo movida, mi pareja y yo no nos poníamos de acuerdo. Hemos decidido echarlo a suertes, he ganado yo y ella ha consentido. Al fin sabremos el sexo del bebé.

Cuando ambos hemos puesto nuestras huellas en la pantalla para firmar el consentimiento al informe de sexo he llorado de emoción. Creo que tengo las hormonas alteradas, se lo tendré que decir a nuestro Guía para que me ajuste la medicación si es necesario.

Ahora, en la cama, esperando que el sueño me invada, me siento a punto de estallar, los nervios no me dejan pegar ojo y, por si fuera poco, mi pareja no hace más que hablar en sueños.

Lo cierto es que estos últimos dos años han sido una verdadera odisea. Cuando mi pareja y yo decidimos tener un hijo, la primera duda que nos asaltó fue si nos concederían el permiso de Nacimiento. La sobrepoblación está controlada rigurosamente y en aquél momento no teníamos datos de cuántos niños iban a permitir traer al mundo en este próximo 2103.

Sabíamos que cumplíamos los requisitos requeridos: trabajo estable e ingresos, más que suficientes; vivienda propia; ambos estamos afiliados al partido; ninguno hemos tenido hijos con anterioridad; tenemos un historial familiar limpio de enfermedades, malformaciones, discapacidades y delitos contra el estado, el partido o la sociedad; ambos luchamos por la secesión hace años; en definitiva, somos patriotas productivos, necesarios y fieles al régimen.

No había forma, si el gobierno rechazaba la solicitud no sería por que no cumpliéramos las exigencias requeridas por ley, pero, cabía la posibilidad de que se hubieran presentado demasiadas solicitudes para 2103 o que los nacimientos permitidos fueran escasos, incluso ninguno.

Aquello me aterraba. El no poder contribuir a nuestra sociedad trayendo savia nueva, como patriota, era algo que no podía permitir. Pero, por suerte, no fue así. En poco menos de tres semanas nos comunicaron que habíamos sido seleccionados. Aún recuerdo la cara de felicidad que puso nuestra familia cuando le dijimos que la solicitud había tenido contestación positiva. Los besos y abrazos, incómodos por costumbre, nos supieron a gloria en ese momento.

Lo cierto es que, a pesar de todo y de sentirme feliz, el miedo a que algo falle no me ha dejado de acompañar en todo momento. La fase pre-InUtero supuso un verdadero reto para mí.

Yo soy La Matriz, así lo decidimos, y como tal, mi preparación debía ser más compleja que la de mi pareja. Ambos queríamos un hijo propio, por lo que a los dos nos controlaron y administraron la medicación precisa; tanto el óvulo como el espermatozoide tenían que ser los idóneos para crear la mejor vida posible, según nuestros genes, pero a La Matriz debe administrársele medicación adicional para poder engendrar un feto sano y que cumpla con los estándares legales.

Además, a pesar de no ser necesario, yo quería que La Matriz se implantara por completo dentro de mi cuerpo. En mi familia nadie había nacido InUtero hasta entonces y para mí era un orgullo ser el primer miembro de la familia Scotto en vivir la experiencia completa.

¡Madre mía la de pastillas que me hicieron tomar durante todo el proceso! Que si calcio, que si ácido fólico, que si hormonas, magnesio, colágeno y un largo etcétera de vitaminas y proteínas. Gran parte de esa fase fue un verdadero calvario.

Después de la operación, La Matriz tuvo que adaptarse a mi cuerpo. Ahora la siento como si siempre hubiera formado parte de mí, pero cuando me la injertaron, pasé semanas enteras con fuertes dolores, pérdidas de sangre, vómitos, incluso temí que mi cuerpo la estuviera rechazando. Por suerte, no fue así.

El proceso recorrido hasta este momento ha sido complicado, es cierto, y el miedo a que haya algún fallo sigue estando ahí, pero no me arrepiento de la decisión tomada.

Cuando tuvieron que hurgar en mi cerebro tuve algunas dudas, eso sí. Comprendía que era necesario que mis neuronas respondieran positivamente al implante del Nanochip; éste iba a controlar el buen desarrollo del feto, pero una operación de ese calibre me asustaba, incluso más que el injerto de La Matriz. Temía que aquel mecanismo diminuto en forma de lágrima pudiera alterar mis sentidos, que no pudiera caminar o que me afectara al habla. Se habían dado casos de personas incapacitadas por culpa de un mal implante. Mi Guía me tranquilizó, asegurándome que, una vez tuviera al embrión dentro, no me arrepentiría de haberme metido en la experiencia InUtero completa.

Por supuesto, ahora sé a qué se refería. Es una experiencia que hay que vivir para entenderla en toda su grandeza.

Tras el largo proceso de adaptación al implante del chip y de La Matriz, vino el momento tan deseado por mi pareja y yo, el implante del embrión, que fue un éxito rotundo a la primera. Al día siguiente de tenerlo dentro de La Matriz, ya pude notar, gracias al Nano, como las células se dividían iniciando el recorrido para formar a un ser humano. Es una sensación indescriptible, es una energía cálida y bulliciosa, la vida misma atravesando mis terminaciones nerviosas y agitando mi cerebro, como el líquido efervescente de un refresco acelera las papilas gustativas. Cada día que pasaba estaba lleno de sensaciones nuevas. A veces creía que iba a estallar, que las emociones y sentimientos que estaba experimentando podían hacerme perder el control, que enloquecería con tanta vida llenando mi cuerpo.

Tras algunas semanas de intensa agitación, logré acostumbrarme. Creo que mi Guía estuvo a punto de despedirse, tantas fueron las noches en las que le llamé para consultar dudas sobre todo lo que estaba experimentando.

Mi pareja, por el contrario, soportó todo mi desconcierto con estoicismo y una persistente sonrisa. No hay duda, ha sido mi gran apoyo, la fuerza que me ha ayudado a sobrellevar con positivismo todo este proceso.

Ahora, con todo ya funcionando sin problemas, los nervios me asaltan sobretodo de noche, pero esta ansiedad es distinta, ya no nace del miedo sino de la urgencia, de la necesidad de tener ya a mi hijo, de verlo, de acariciarlo, de cuidarlo.

Son las tres de la madrugada. Mi pareja parece haber acabado su plática noctámbula con Morfeo y duerme relajada, en silencio. Noto al feto moverse, creo que está algo tenso, me paso las manos por el vientre abultado. Gracias al Nano puedo transmitir al bebé ondas relajantes y sé que él puede sentirlas, estamos conectados como si ambos fuéramos uno solo, aunque creo que hoy no lo consigo del todo. Espero que el feto sepa que estos nervios son solo la emoción de un padre primerizo ansioso por saber el sexo del hijo que está engendrando. Sea como sea, ya sea XX como mi pareja o XY como yo, su nombre será Andrea.

R.C. Martínez
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Filosofía de vida

Semana 5:  Cuestión de carácter En el salón dan las diez de la mañana. El sol entra por los ventanales calentando las mesas de billar y los ...