sábado, 6 de marzo de 2021

Té para el corazón

 Semana 6: El penúltimo trago

El té se bebe para olvidar el continuo estruendo del mundo»

Tien Yiheng

 

Una de las pasiones de Mireia en las cálidas mañanas del verano del 62, fue beber té verde con hierbabuena y limón sentada junto al río que atravesaba las tierras de la finca de su familia.

En aquellos días de hace casi treinta años, solía despertarse cuando el sol apenas despuntaba en el horizonte, cubría la desnudez de su cuerpo con una suave bata de lino blanco y, descalza, se acercaba a la cocina en donde la esperaba el termo con té que se había preparado la noche anterior. A ella entonces le gustaba saborear la infusión a temperatura ambiente; con el termo acunado entre sus brazos, salía corriendo de la casa, se acercaba al riachuelo que comenzaba a tintarse de colores a esa hora primeriza y se dejaba embeber por la melancolía del nuevo día.

Mireia en aquél verano tenía veintiún años y ya conocía el vacío de encontrarse sola en la vida. Sus padres habían muerto hacía nueve meses en un trágico accidente de coche y ella creía haber muerto también con ellos. Aunque desde hacía unos días que se sentía mejor; había firmado la venta de la casa y, gracias a ello, podía deshacerse de las deudas que había estado acumulando al obstinarse en mantener el hogar familiar. Aquella necesidad de conservar la finca a toda costa, la había consumido durante demasiado tiempo, un tiempo vano desperdiciado en una quimera; al fin había comprendido que sus padres no iban a regresar, que ella necesitaba empezar de nuevo, construir una nueva vida lejos de allí donde no hubiera deudas, recuerdos rotos y un hogar que se caía en pedazos por no poder mantener.

Por ser su último verano allí quería exprimirlo al máximo. Levantarse al amanecer y acostarse bajo un firmamento iluminado. Al despuntar el día, la transformación casi mística que confería la luz solar al paisaje, el cual parecía despojarse de las sombras con el misterio con que una mujer hermosa se desnuda ante su primer amor, hacía renacer nuevas esperanzas en la joven.  Mireia no quería olvidar aquella finca, ni un solo detalle de toda de ella, por ello se sentaba en la hierba, introducía los pies en las juguetonas aguas del río y, saboreando con deleite el agridulce aromático té, se permitía dejar la tristeza por un tiempo; inspirada, fortalecida y decidida a afrontar un nuevo día; extasiada por la serenidad que la rodeaba; grabando en su mente cada fibra, cada color, cada aroma y, sobretodo, cada preciado rayo de sol. Estaba decidida, dispuesta a decir con firmeza “sí quiero” al futuro, porque nada de lo que viniese podría ser peor que lo que ya había vivido. Por todo ello, el verano del 62 fue una resurrección para Mireia; mientras en el mundo la gente lloraba la muerte de Marilyn, ella sonreía por las caricias del río jugando con sus pies y la dulzura mística del té que se le escurría por la garganta.

Después, cuando llegó el momento, dejó la casa que había sido su primer hogar sin mirar atrás,  segura de que se llevaba con ella todo lo que necesitaba, los recuerdos de infancia y el verano que la había visto nacer por segunda vez.

Pasaron los años, Mireia volvió a reír y de nuevo volvió a llorar y a reír otra vez. Conoció a personas que se quedaron por tiempo junto a ella, olvidó a otras que no necesitaba. Supo atesorar recuerdos y desprenderse de todo lo que era una carga. Caminó, a veces vacilante, otras con paso firme, y demasiadas veces, más que andar, corrió por la vida. Se dejó cuidar, cuidó, dañó y se dejó dañar, en definitiva, vivió como vivimos todos, a trompicones. Durante todos esos años, el té verde, aromatizado con limón y hierbabuena, fue su compañero de viaje más fiel, aquella infusión se había convertido en el mantra que la ayudaba a avanzar. Los que la querían sabían que su mente divagaba con mil y un sueños frente a una taza de té, pero en su fuero interno, Mireia reconocía que aquella bebida era la única que la devolvía al hogar de sus padres. Ella creía que era por todo lo vivido en el verano del 62, pero una tarde de invierno, mientras el cielo se pincelaba de rosas y malvas, Mireia recordó la verdad.

Aquella noche cumplía cincuenta años y se encontraba rodeada de su marido y sus dos hijos, los cuales sonrían expectantes deseando que probara el bizcocho de té verde, limón y hierbabuena que le habían cocinado como regalo de cumpleaños. Al tomar el primer bocado, los ojos de Mireia se llenaron de lágrimas. El bizcocho la transportó de nuevo a la finca de sus padres. Ella, con trece años, sentada en la mesa de la cocina, su madre frente a ella sirviéndose una taza de té:

«¿Mamá estás triste por la yaya?»

«Cariño, despedirse de un ser querido siempre es doloroso pero no hay nada que una taza de té no pueda curar, es el mejor remedio para un corazón roto. Recuérdalo siempre.»

—¿Mamá está malo el pastel?

—¿Por qué lloras mamá? Te dije que no pusieras tanto limón, estúpido.

Mireia parpadeó.

Eh, no os peleéis, no pasa nada, el pastel es delicioso, es solo que he recordado algo. Si me servís una taza de té, os lo cuento.

Los chicos corrieron a la cocina, mientras Mireia, sonriendo, pensó: Los corazones rotos bebemos mucho té.

R.C Martínez


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