domingo, 13 de noviembre de 2022

Encierro

Eran ya las siete de la tarde y el maldito ascensor llevaba más de una hora parado entre el piso 33 y el 32 de la torre Mapfre. Yo empezaba a estar fuera de mí, si no ocurría un milagro pronto, podía despedirme de entregar el trabajo a tiempo. Miré la hora, las siete y dieciocho. Resoplé. Agucé el oído por si escuchaba algo que me indicara que se estaban haciendo progresos para sacarnos de allí. Nada. Ahí estaba, colgando como un murciélago, con un abismo bajo los pies y el infierno concentrado en cuatro paredes.

Éramos tres encerrados dentro de aquella cabina de tortura. Yo miraba a los otros con cara de fastidio. El tipo de mi derecha, un rollizo trajeado de unos cuarenta y tantos, no paraba de gesticular y de columpiar un ridículo maletín mientras vociferaba por el móvil. Parecía tener cierto peso en el edificio y daba órdenes a alguien que, suponía yo, tenía en sus manos el arreglar el ascensor. De vez en cuando se miraba el Rolex con impaciencia y me guiñaba el ojo. Llevaba un buen rato al teléfono y la oreja lucía el rojo incandescente de un lechón al horno. Cuando colgó me volvió a guiñar el ojo. Y dale. ¿Qué quería? Ya me empezaba a tocar las narices tanto guiño y tanta tontería.

Tranquilos, en nada estamos fuera.

Dijo lo mismo hace una hora.

Nada, ahora ya está aquí el técnico. Es algo del cuadro digital. Ya verán como en nada nos sacan de aquí.

De nuevo le sonó el móvil. Otro guiño mientras contestaba. Yo empecé a imaginar que lo estrangulaba con la corbata mientras le golpeaba la cabeza con el maletín. Otro amago de guiño y lo haría picadillo.

El otro ocupante de la cabina era una mujer de unos treinta y pocos. Embadurnada con maquillaje, éste había dejado chorretones en sus mofletes, tras un sin fin de chillidos y lloros. Ahora, más calmada, sentada con las piernas abiertas como una muñeca Nancy, se miraba las palmas de las manos con dedicación, como si aquel gesto fuera lo único que pudiera evitar su caída inminente en la locura, mientras emitía gemidos más propios de una gata moribunda que de una mujer. Si hubiera podido, le hubiera embutido las medias en la boca para que callara.

¿Quién me mandaba a mí ir a trabajar al coworking de aquel edificio dantesco? Desde que había llegado todo fueron despropósitos. Mantener conversaciones coherentes por el móvil con mi agente había sido un suplicio con continuos cortes de línea. Tampoco conseguí conectarme a la wifi por lo que acceder a Internet para enviarle el guión derivó en un calvario inútil. Fotocopiar las páginas, una odisea irrealizable; por más que la máquina engullía papel liso siempre lo devolvía hecho un acordeón. El café, para colmo, era imbebible y además estaba el olor rancio y penetrante de los lavabos que se había adueñado de las paredes de toda la planta, como si formara parte del propio cemento. Por último el fallo del ascensor y la compañía desoladora, guindas amargas de un mohoso pastel. El guión estaba gafado, no había duda. Meses llevaba con él y jamás me había convencido, pero un encargo es un encargo, aunque empezaba a arrepentirme de haberlo aceptado.

Me sonó el móvil. Era Alberto. ¡No! Lo que faltaba. Bufé. Pues lo sentía mucho pero no estaba para dar explicaciones sobre el retraso. Ya me oiría, ya, cuando le dijera donde se podía meter el jodido coworking, la puta torre Mapfre y el guión de los huevos. Apagué el móvil y lo guardé. Me apoyé en el espejo del ascensor con la derrota marcada a fuego en el rostro. El hombre del maletín seguía al teléfono, nervioso y acalorado. Me miró y guiñó, intentando aparentar una calma que estaba lejos de sentir. Empecé a creer que aquél guiño insistente era una burla hacia mí. "Mejor no lo miro más porque no respondo", pensé.

La Nancy, desde el suelo, me miraba rendida, el maquillaje rojo de los labios se había corrido y el negro desleído en sus pestañas le enmarcaba la mirada como un antifaz. Me dio pena la muchacha, seguro que a ella también la esperaba alguien en el otro lado. Le puse la mano blanda en la cabeza y le di unas palmadas amistosas como las que se da a una mascota. Ella entornó los ojos y me dio las gracias con una sonrisa tímida.

El tipo colgó el móvil, nos miró como si se diera cuenta de nuestro patetismo. Se desanudó la corbata. El pelo negro le caía lacio por la frente. Torció la comisura de los labios dibujando una sonrisa desmayada. Me pareció un pelele caído. Los tres lo éramos. De pronto recordé el guión.

Oigan, tengo una idea para pasar el rato. ¿Les apetece que les lea algo? Tengo aquí un guión que he escrito. Es una comedia. Va sobre unos tipos encerrados en una cabaña.

¡La cabaña en el bosque!

Esa ya la he visto.

No, no, oigan. Esta es mía, soy guionista. ¿Les apetece? ¿Les leo?

Venga. Aunque no me parece creíble eso de que se queden encerrados en una cabaña. ¿Por qué no en un ascensor?

Miré a la Nancy. Asentí con entusiasmo por la sugerencia. Él me guiñó un ojo y yo, como se lo diría agente, yo caí en el abismo.


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