Eran
ya las siete de la tarde y el maldito ascensor llevaba más de una
hora parado entre el piso 33
y el 32
de la torre Mapfre.Yo
empezaba a estar fuera de mí,
si
no ocurría un milagro
pronto,
podía despedirme de
entregar el trabajo a tiempo.
Miré la hora, las siete
y dieciocho.
Resoplé.
Agucé
el oído por si escuchaba algo
que me indicara
que se
estaban
haciendo progresos
para sacarnos de
allí. Nada. Ahí
estaba, colgando
como un murciélago,
con un abismo bajo los pies y el infierno concentrado en cuatro
paredes.
Éramos
tres encerrados
dentro de aquella
cabina
de tortura. Yo miraba a los otros con cara de fastidio.
El tipo
de mi derecha, un rollizo trajeado de unos cuarenta y tantos,
no paraba de gesticular y de columpiar un ridículo maletín mientras
vociferaba por el móvil. Parecía
tener cierto peso en el edificio y daba
órdenes a
alguien que,
suponía
yo,
tenía en sus manos el
arreglar
el ascensor.
De
vez en cuando se
miraba
el Rolexcon
impaciencia y
me guiñaba el ojo. Llevaba
un buen rato al teléfono
y
la orejalucía
el rojo
incandescente de un lechón al horno.
Cuando colgó me volvió a guiñar el ojo. Y
dale. ¿Qué
quería?Ya
me empezaba a tocar las narices tanto guiño y tanta tontería.
Tranquilos,
en nada estamos fuera.
Dijo
lo mismo hace una hora.
Nada,
ahora ya está aquí el técnico. Es algo del cuadro digital. Ya
verán como en nada nos sacan de aquí.
De
nuevo le sonó el móvil. Otro guiño mientras contestaba. Yo empecé
a imaginar que lo estrangulaba con la corbata mientras le golpeaba la
cabeza con el maletín. Otro
amago de guiño y lo
haría picadillo.
El
otro ocupante de la cabina era una mujer de unos treinta y pocos.
Embadurnada
con maquillaje,
éste había dejado chorretones
en
sus mofletes,
tras
un sin fin de
chillidos y lloros.
Ahora, más calmada, sentada
con las piernas abiertas como una muñeca Nancy, se miraba las palmas
de las manos con dedicación, como si aquel gesto fuera lo único que
pudiera evitar su caída inminente en la locura,
mientras emitía
gemidos
más propios de una gatamoribunda
que de una mujer.
Si hubiera podido,
le hubiera embutido las medias en la boca para que callara.
¿Quién
me mandaba a mí ir a trabajar alcoworking
de aquel edificio dantesco? Desde que había llegado todo fueron
despropósitos. Mantener conversaciones coherentes
por
el móvil con
mi agente había
sidoun
supliciocon
continuos cortes
de línea.
Tampoco
conseguí conectarme a la wifi por lo que acceder a Internet para
enviarle
el guión derivó
en
un calvario inútil.
Fotocopiar las páginas, una odisea irrealizable;
por más que la máquina engullía papel liso siempre lo devolvía
hecho un acordeón. El café, para
colmo, era imbebible
y además
estaba el
olor rancio y penetrante de los lavabos
que se había adueñado
de las
paredes
de toda la planta,
como si formara parte del propio cemento. Por último el fallo del
ascensor y la compañía desoladora, guindas
amargas de un mohoso pastel.El
guión estaba gafado,
no había duda.
Meses
llevaba con él y jamás
me había convencido, pero un encargo es un encargo, aunque
empezaba
a arrepentirme de haberlo aceptado.
Me
sonó el móvil. Era Alberto. ¡No! Lo que faltaba. Bufé. Pues lo
sentía mucho pero no estaba para dar
explicaciones sobre el retraso.
Ya me oiría, ya, cuando le dijera donde se podía meter el jodido
coworking,
la
puta torre Mapfre
y el guión de los huevos.
Apagué
el móvil y lo guardé. Me apoyé
en el espejo del ascensor
con la derrota marcada a fuego en el rostro.
El
hombre del maletín seguía al teléfono, nervioso y acalorado. Me
miró y guiñó, intentando aparentar una calma que estaba lejos de
sentir. Empecé a creer que aquél guiño insistente era una burla
hacia mí.
"Mejor no lo miro más porque no respondo", pensé.
La
Nancy,
desde el suelo, me
mirabarendida,
el maquillaje rojo de los labios se había corrido y el negro
desleído
en sus pestañas
le enmarcaba la mirada como
un antifaz. Me dio pena la muchacha, seguro que a ella también la
esperaba alguien en el otro lado. Le puse la mano blanda en la cabeza
y le di unas palmadas amistosas
como las que se da a una mascota.
Ella entornó los ojos y me dio las gracias con una sonrisa tímida.
El
tipo colgó
el móvil,
nos miró
como si se diera cuenta de nuestro
patetismo.
Se desanudó la corbata. El pelo negro le caía lacio por la frente.
Torció la comisura de los labios
dibujando una sonrisa desmayada. Me
pareció un pelelecaído.
Los
tres lo éramos. De pronto recordé el guión.
Oigan,
tengo una idea para pasar el rato. ¿Les apetece que les lea algo?
Tengo aquí un guión que he escrito. Es una comedia. Va sobre unos
tipos encerrados en una cabaña.
¡La
cabaña en el bosque!
Esa
ya la he visto.
No,
no, oigan. Esta es mía,
soy guionista.
¿Les apetece? ¿Les
leo?
Venga.
Aunque no me parece creíble eso de que se queden encerrados en una
cabaña. ¿Porqué
no
en
un ascensor?
Miré
a la Nancy.
Asentí con
entusiasmo por
la sugerencia.
Él
me guiñó un ojo
y
yo,
como
se lo diría agente,
yo
caí
en el abismo.
Escuchando ahora este álbum,
después de tantos años y de tantas veces que lo he escuchado después, aún
recuerdo con claridad la primera vez. De nuevo me traslado a marzo de 2007, a
la oficina que en aquél momento compartía con mi madre, un pequeño despacho en
el ensanche de Barcelona. Tres habitaciones llenas de archivos, mesas y
estanterías repletas de carpetas y folios. Las paredes estaban amarillentas por
el humo de cigarros, tanto mi madre como yo somos adictas a la nicotina.
Suspendido en el ambiente, el hollín alquitranado del humo de motores que se
colaba por los ventanales que daban a la calle Aragón.
Unos pocos años atrás nos
habíamos mudamos a este piso con urgencia, cuando nos subieron el alquiler en
el anterior despacho del paseo de San Juan. No tuvimos tiempo casi ni de
pintarlo. Lo decoramos sin demasiados lujos, total no era más que un despacho
modesto, aunque el suelo de baldosas de cerámica formando mosaicos geométricos
le confería cierta elegancia trasnochada, propia de muchos edificios modernistas
de la zona.
El despacho principal, que
correspondía a mi padre, el más lujosamente decorado, estaba en silencio,
cerrado y oscuro. Nos habíamos quedado solas al frente del negocio. Él había
fallecido el otoño pasado de un cáncer que llegó sin previo aviso, de manera
fulminante y nos lo había arrebatado en apenas dos meses.
La vida había dado un nuevo
giro, otra vez. Desde el nacimiento de mi hija en 2003, nada había vuelto a ser
igual. Llevaba años luchando contra una especie de depresión post parto que
quizá sea necesaria describir, sin adentrarme mucho, para entender por qué este
álbum forma parte de mi ser como si fuera yo misma: en mi interior se debatía
el terror irracional de poder hacer daño a mi hija con el inmenso amor que
sentía por ella. Eran este amor y el miedo a fallarle a ella, de hacerle daño
en algún momento, los que me habían hecho caer en una obsesión malsana que me
confundía, agotaba y horrorizaba. Aunque el psicólogo me había ayudado a
superar la ansiedad que me provocaba el miedo, la raíz de todo seguía allí,
alimentándose de mí con perseverancia pero sin hacer ruido. Me había acostumbrado
a mi obsesión, pero eso no hacía que me olvidara de ella, al contrario, era
como un enemigo al cual acabas conociendo y atacas con menor pasión pero al que
mantienes en constante vigilancia.
Aquél día era uno de tantos en
la oficina. Tras la muerte de mi padre, yo había asumido la tarea de llevar el
departamento de fiscal y contabilidad. No recuerdo los detalles con exactitud,
pero supongo que estaba pasando facturas, cuadrando balances y cosas por el
estilo. Tarea bastante rutinaria y sin demasiada necesidad de concentración.
Durante esos trabajos anodinos solía escuchar música y aquella vez había leído,
en un foro, que el álbum, protagonista de esta reseña, era una maravilla. Por
lo normal si un álbum era alabado en el foro era señal de, o bien algo grande,
o bien algo que a mí no me iba a gustar en absoluto, por lo que no sabía muy
bien qué esperar.
El género musical del álbum es
doom metal. El doom es un subgénero del metal que se caracteriza por ritmos
lentos y atmósferas densas y oscuras, incluso fúnebres, generalmente de
sonoridad grave y melancólica, bajos protagónicos, disonancias, tritonos y
acordes mayores y menores que se suelen repetir machaconamente, pero no
importa, no voy a describir técnicamente este tipo de género, primero porque de
música sé lo justo, segundo porque la música, como todas las artes requiere de
técnica, pero sobre todo requiere de sentimiento y de algo mucho más difícil de
definir que podríamos denominar ALMA y, tercero, porque este álbum en concreto,
no serviría como ejemplo de lo que es el doom, ya que lo destroza, lo traspasa
y lo redefine, la etiqueta se le queda muy, muy corta. Lo que sí tiene este
álbum, como la gran mayoría de los trabajos musicales que han hecho grande al doom,
es que rezuma alma por cada nota de su piel. (N.
de la A. Si queréis saber cómo se inició el doom metal, para haceros una idea
de lo que es el género, os invito a escuchar el tema Black Sabbath de Black Sabbath)
Y ahí estaba yo, cuadrando
balances, sumida en apatía, evitando sentir demasiado, intentando adormecer mi
miedo, evadiendo el dar alas al dolor por la pérdida de mi padre, negándome el
derecho a demostrar que me sentía hundida, porque jamás he querido ser una
persona débil, porque odio reconocer que en el fondo soy tan débil como
cualquiera y que está bien, que no pasa nada por ser imperfecta, que lo
imperfecto es hermoso. Y acciono el interruptor, suenan los primeras notas de
Watching from a Distance y no me quedó más remedio que reconocer que la gente
del foro tenía razón, que este álbum es hermoso en todos los sentidos, tan
hermoso que durante gran parte de los casi cincuenta minutos que dura el álbum
no pude evitar sentir el corazón encogido y los ojos húmedos por la emoción.
Aquella primera vez tuve la
misma sensación que, cuando de niña, me miré en un espejo y descubrí que existía,
que lo que había al otro lado del espejo no era un ser extraño, sino que era
yo, mi ser, y me quedé fascinada ante la grandeza de esa certeza. De la misma
forma supe, escuchando el álbum, que aquello que sonaba existía y tenía una
entidad propia, ajena a mí, pero, al mismo tiempo, supe que, una vez escuchadas
sus primeras notas, aquella entidad ya no me iba a ser ajena nunca más, sino
que iba a formar parte de mí misma de por vida.
Me gustaría que, si leéis esta
reseña, aun sabiendo que muchos no sois particularmente melómanos, y si lo
sois, no os sentís atraídos por este tipo de música, como digo, me gustaría que
dejarais a parte vuestros prejuicios y ahora escucharais el tema “Footprints”.
Primero cerrad lo ojos y
dejaos llevar.
¿Qué tal?
¿La habéis escuchado? ¿Cuántos
de vosotros lo han oído entero? ¿Qué os ha parecido?
Si no os la habéis puesto, si
no habéis llegado hasta el final, o si la habéis oído pero no habéis sentido
nada, ahora os pido que me sigáis leyendo y escuchéis. (N. de la A. Si la canción os ha hablado y
vosotros habéis entendido, podéis dejad de leer, porque ahora ya forma parte de
vosotros y lo que yo diga en las siguientes líneas no importa.)
Al principio el ritmo y la
sutileza de los acordes y desarmonías juegan con vosotros como si fuerais
ascuas de una hoguera que empieza a extinguirse. A veces, como ascuas que sois,
os negáis a perecer y el aire, hecho música, os obligará a avivaros, pero solo
ínfimos segundos, solo para recordaros que, al final, acabaréis por claudicar y
os apagaréis transformándoos en cenizas. Entonces, justo cuando estáis a punto
de apagar la canción y de dejar de leer, entonces suena la voz de Patrick
Walker. Es una voz profundamente imperfecta, aguda, nasal y puede que demasiado
trágica, como todo aquello que nos hace humanos, es la voz de cada uno de
nosotros, porque todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos sentido el
dolor de vivir, porque no lo neguemos vivir duele y así debe de ser, de otro
modo no tendríamos la certeza de estar viviendo.
Adentraos en esa voz, aunque
os suene estridente, impostada. Si podéis leed la letra. ¿Sentís la agonía de
este hombre?, ser humano como vosotros que se arrodilla ante la incertidumbre
de la vida y la certeza de la muerte. Que suplica luz, que necesita seguridad,
sentido, valor para afrontar el vacío de la existencia humana. Patrick, el
fuego de este álbum, canta para vivir aun con la sospecha de que no hay nada
que justifique la vida.
Patrick es el alma, escribe
las letras, es quien da vida a la melodía de la guitarra, es el ser humano que
siente a través de las notas. El corazón lo componen el bajo y la percusión.
Corazón que late con ritmos lentos y profundos, repetitivos, desacompasados a
momentos, como el mismo corazón humano, sosegado y cadencioso por lo general,
desbocado yarrítmico de repente,
excitado por las emociones pasajeras del
alma. El corazón se somete a los vaivenes del ser perdido que vibra con pasiones
y desconsuelos, que busca o se ilusiona, que llora la pérdida, que se desgarra
por vivir.
La mente son las letras.
Recomiendo leerlas como si de un poemario se tratara a pesar de que Patrick
Walker no estaría de acuerdo. (N. de la A. Patrick Walker sobre su manera de escribir: “I’ve always felt that
song lyrics should be heard, not read, and that’s through personal experience
as well.” “I care a great deal
about the sound of the words, perhaps as much as I do about their meaning”.An Interview with Patrick Walker of 40
Watt Sun - MachineMusic.Net. 08 de agosto de 2019)
Warning son ingleses, de Essex
para más señas, por lo que Patrick escribe en inglés. Él ama la escritura, en
una entrevista confiesa que se inició en ella con escritura creativa. Escoge
cuidadosamente las palabras que escribe, para él es importante la sonoridad de
esas palabras, las frases deben tener musicalidad, el sentido es secundario,
pero no por ello menos importante, sabe lo que quiere decir y cómo quiere
decirlo. Su lírica se caracteriza por un romanticismo trágico y una búsqueda
constante del ser. Generalmente escribe en primera persona. Sus letras implican
a alguien más, no queda claro si le habla a una persona amada o a sí mismo. Cada
una de las canciones del álbum son cartas íntimas dirigidas a alguien que se ha
alejado de él emocionalmente. Son poemas introspectivos en donde Patrick se
desnuda, se quita la coraza y pone al descubierto su alma. Busca comprender al
otro al mismo tiempo que esa búsqueda le lleva a entenderse a sí mismo. Quererse
a uno mismo al tiempo en que se ama a otro ser, perdonarse y perdonar,
reconocer que somos frágiles, es tremendamente complicado y de eso trata este
álbum.
Este disco es un ser humano
que respira, que llora y necesita comprensión, que aprende de las experiencias
vividas, que añora y que se enamora, que muere y revive en cada nota, que ríe,
que acaricia y acompaña, en definitiva que vive, excesivo, egocéntrico y en
ocasiones, pocas, monótono, como el ser humano, porque lo único que nos queda
si no nos aceptamos a nosotros, seres imperfectos, es la nada.
Y así es, cada vez que escucho
este álbum siento lo mismo que sentí en el despacho desleído en mi memoria, que
por más que duela, que por más que la vida nos traiga felicidad o nos la
arrebate, todo, incluso los periodos de monotonía, todo es pasajero pero nos
pertenece, que lo que de verdad hace que el corazón se mueva es el alma y que
todo aquello que nos aceleró alguna vez pero no recordamos, no importa, porque
las cenizas que se lleva el viento son los momentos en los que no hemos tenido
la certeza de estar viviendo.
Y ahora, si habéis llegado
hasta aquí, escuchad Echoes mientras leéis la letra y entenderéis por qué os he
contado cómo me sentía en el momento en que llegó este álbum a mi vida y por
qué lo elegí para alimentar mi alma.
Créditos:
Bajo – Marcus Hatfield
Batería
– Stuart Springthorpe*
Música,
letras, guitarra, voz – Patrick Walker
Poducido
por Michael Hahn y Patrick Walker
Discográfica:
Miskatonic Foundation
Arte
de portada – Matt Mahurin (Enchanted World: Tales of Terror (Time-Life Books,
1987))
El té se
bebe para olvidar el continuo estruendo del mundo»
Tien Yiheng
Una de las pasiones de Mireia en
las cálidas mañanas del verano del 62, fue beber té verde con hierbabuena y
limón sentada junto al río que atravesaba las tierras de la finca de su familia.
En aquellos días de hace casi
treinta años, solía despertarse cuando el sol apenas despuntaba en el
horizonte, cubría la desnudez de su cuerpo con una suave bata de lino blanco y,
descalza, se acercaba a la cocina en donde la esperaba el termo con té que se
había preparado la noche anterior. A ella entonces le gustaba saborear la
infusión a temperatura ambiente; con el termo acunado entre sus brazos, salía
corriendo de la casa, se acercaba al riachuelo que comenzaba a tintarse de
colores a esa hora primeriza y se dejaba embeber por la melancolía del nuevo
día.
Mireia en aquél verano tenía veintiún
años y ya conocía el vacío de encontrarse sola en la vida. Sus padres habían
muerto hacía nueve meses en un trágico accidente de coche y ella creía haber
muerto también con ellos. Aunque desde hacía unos días que se sentía mejor;
había firmado la venta de la casa y, gracias a ello, podía deshacerse de las
deudas que había estado acumulando al obstinarse en mantener el hogar familiar.
Aquella necesidad de conservar la finca a toda costa, la había consumido
durante demasiado tiempo, un tiempo vano desperdiciado en una quimera; al fin
había comprendido que sus padres no iban a regresar, que ella necesitaba empezar
de nuevo, construir una nueva vida lejos de allí donde no hubiera deudas,
recuerdos rotos y un hogar que se caía en pedazos por no poder mantener.
Por ser su último verano allí
quería exprimirlo al máximo. Levantarse al amanecer y acostarse bajo un firmamento
iluminado. Al despuntar el día, la transformación casi mística que confería la
luz solar al paisaje, el cual parecía despojarse de las sombras con el misterio
con que una mujer hermosa se desnuda ante su primer amor, hacía renacer nuevas
esperanzas en la joven. Mireia no quería
olvidar aquella finca, ni un solo detalle de toda de ella, por ello se sentaba
en la hierba, introducía los pies en las juguetonas aguas del río y, saboreando
con deleite el agridulce aromático té, se permitía dejar la tristeza por un
tiempo; inspirada, fortalecida y decidida a afrontar un nuevo día; extasiada por
la serenidad que la rodeaba; grabando en su mente cada fibra, cada color, cada
aroma y, sobretodo, cada preciado rayo de sol. Estaba decidida, dispuesta a
decir con firmeza “sí quiero” al futuro, porque nada de lo que viniese podría
ser peor que lo que ya había vivido. Por todo ello, el verano del 62 fue una
resurrección para Mireia; mientras en el mundo la gente lloraba la muerte de
Marilyn, ella sonreía por las caricias del río jugando con sus pies y la
dulzura mística del té que se le escurría por la garganta.
Después, cuando llegó el
momento, dejó la casa que había sido su primer hogar sin mirar atrás, segura de que se llevaba con ella todo lo que
necesitaba, los recuerdos de infancia y el verano que la había visto nacer por
segunda vez.
Pasaron los años, Mireia
volvió a reír y de nuevo volvió a llorar y a reír otra vez. Conoció a personas
que se quedaron por tiempo junto a ella, olvidó a otras que no necesitaba. Supo
atesorar recuerdos y desprenderse de todo lo que era una carga. Caminó, a veces
vacilante, otras con paso firme, y demasiadas veces, más que andar, corrió por
la vida. Se dejó cuidar, cuidó, dañó y se dejó dañar, en definitiva, vivió como
vivimos todos, a trompicones. Durante todos esos años, el té verde, aromatizado
con limón y hierbabuena, fue su compañero de viaje más fiel, aquella infusión
se había convertido en el mantra que la ayudaba a avanzar. Los que la querían
sabían que su mente divagaba con mil y un sueños frente a una taza de té, pero
en su fuero interno, Mireia reconocía que aquella bebida era la única que la
devolvía al hogar de sus padres. Ella creía que era por todo lo vivido en el
verano del 62, pero una tarde de invierno, mientras el cielo se pincelaba de
rosas y malvas, Mireia recordó la verdad.
Aquella noche cumplía
cincuenta años y se encontraba rodeada de su marido y sus dos hijos, los cuales
sonrían expectantes deseando que probara el bizcocho de té verde, limón y
hierbabuena que le habían cocinado como regalo de cumpleaños. Al tomar el
primer bocado, los ojos de Mireia se llenaron de lágrimas. El bizcocho la
transportó de nuevo a la finca de sus padres. Ella, con trece años, sentada en
la mesa de la cocina, su madre frente a ella sirviéndose una taza de té:
«¿Mamá
estás triste por la yaya?»
«Cariño,
despedirse de un ser querido siempre es doloroso pero no hay nada que una taza
de té no pueda curar, es el mejor remedio para un corazón roto. Recuérdalo
siempre.»
—¿Mamá está malo el pastel?
—¿Por qué lloras mamá? Te dije
que no pusieras tanto limón, estúpido.
Mireia parpadeó.
Eh, no os peleéis, no pasa
nada, el pastel es delicioso, es solo que he recordado algo. Si me servís una
taza de té, os lo cuento.
Los chicos corrieron a la
cocina, mientras Mireia, sonriendo, pensó: Los
corazones rotos bebemos mucho té.
Hace semanas que Juan no puede
pegar ojo. Se siente encerrado en su propia casa desde que el vecino levantó el
muro de setos en el jardín. Juan sabe que con solo abrir la puerta de la
entrada podría salir y respirar aire fresco pero no le da la gana. Prefiere
pasarse el día y la noche observando el muro.
Lo ha revisado de arriba
abajo, de izquierda a derecha y en diagonal; para su desgracia, no ha
encontrado ni una solo agujero. Es un muro tupido, perfumado y de color verde
oscuro. De tanto mirarlo y olerlo, Juan ha llegado a la conclusión de que el verde
es igual al del agua turbia del antiguo lavadero del pueblo. El olor, en
cambio, le recuerda al aroma que desprende la Jimena cuando quiere engatusarlo
para conseguir algo. Empieza a conocer a aquella barrera tan bien como a la
propia mano, tanto como se puede llegar a conocer al enemigo que uno tiene
dentro de sí mismo. Pero el muro es distinto al enemigo interior de Juan,
parece no tener puntos débiles y esto molesta al hombre sobremanera.
Al día siguiente de que
apareciera la mole pardusca en el patio, Juan se encaró con el vecino. Le dijo
que “cómo es posible que hayas levantado esta monstruosidad sin consultármelo
primero”. Apeló a la amistad y buena convivencia que siempre había existido
entre sus familias para conseguir, sin éxito, que el vecino derrumbara el muro.
Llegó un momento en que Juan perdió los papeles y suplicó, entre mocos y
grandes aspavientos. Andrés, el vecino, se compadeció del hombre, pero no cedió
a las peticiones de Juan. No podía, así se lo dijo y le cerró la puerta en las
narices. Juan regresó cabizbajo al patio y siguió contemplando al muro de setos.
Durante días Juan estuvo
buscando la forma de hacerlo desaparecer. Aquello no le dejaba descansar. Iba
por el jardín murmurando imprecaciones, lanzando bufidos, mirando al muro de
reojo y maldiciendo. De vez en cuando arrancaba alguna rama, escupía al suelo y
juraba que acabaría con los setos “a mordiscos”. Cuando se sentaba a la mesa
para cenar, refunfuñaba mientras se llevaba los macarrones a la boca. De noche
se levantaba infinidad de veces para mirar por la ventana. Esperaba que aquello
no estuviera allí pero, cada vez que se asomaba, veía la gran masa de setos,
inalterable a sus miradas de odio.
Desde hace unas noches, entre
la duermevela, le acosa como una sombra de deformes ojos grises y largos brazos.
Juan despierta entre sudores, se acerca por enésima vez a la ventana y vigila; la
endemoniada barrera le está amargando la existencia.
Lo cierto es que Juan es un
hombre perdido desde hace tiempo. Nunca ha sido demasiado espabilado ni ha
tenido grandes aficiones. Durante cuarenta y tres años ha trabajado en lo
mismo, de peón en la cementera del pueblo. Hace un año escaso que lo han pre
jubilado, pero desde hace mucho antes que él ha llegado a la conclusión de que
nunca ha sido un hombre ni demasiado útil, ni demasiado imprescindible. Sus
pocos vicios son el alcohol, que desde hace meses bebe en demasía, algún que otro pitillo de vez en cuando y dormir a
la fresca viendo como el sol se esconde, con pereza, por detrás de los montes
que bordean las casas del pueblo. Ahora estos momentos de asueto han
desaparecido, junto con los montes y el sol, la colosal valla le impide la
visión. Juan siente una ansiedad creciente que le paraliza hasta hacerlo jadear
por la angustia.
A Jimena no le ha contado nada
de todo eso. Él cree que ella hace tiempo que lo mira distinto. Lo mira como si
fuese una carga, como si ya no le aportara nada, sin calor en los ojos. Por eso
prefiere callar a tener la certeza de que así sea. Pero todo es peor desde que el
muro se interpone entre él y todo lo demás. Desde que aquello ha llegado a su
vida ha dejado de creer en sí mismo y en el futuro.
A la semana de tenerlo en el
jardín, a Juan se le ocurrió coger la podadera que tenía en la caseta y empezó a
cortar. El hombre furibundo daba bandazos aquí y allá, tijera en manos, como un
castizo samurái venido a menos, la boina calada hasta el nacimiento de las
cejas y un pitillo pegado en el labio inferior. A veces reía entre dientes
viendo como caían por doquier las ramas ganadas a los setos. En un momento el
patio se llenó de cadáveres verduscos. Pero Juan se cansó pronto, a sus sesenta
y cuatro años mal llevados, la fuerza se le escapaba por la boca. Jimena, al
regresar a casa al mediodía, se lo encontró cubierto de broza, hormigas y sudor.
Él estaba sentado en una hamaca, los hombros caídos, una cerveza en una mano,
la podadera en la otra y un gesto de amarga derrota en el rostro. El muro había
sobrevivido a la violencia desatada y, aunque algo magullado, se elevaba ante él,
mudo e indestructible, ajeno al hombrecillo que era su marido, como un dios ancestral e inalcanzable.
—Éste cabrón me ha ganado,
Jimena. Ya no sirvo para nada.
Jimena no dijo nada, lo miró
como se mira a alguien al que se le ha entregado toda la vida y de pronto te
das cuenta de que está vacío por completo; Juan era un muñeco roto que ha
perdido toda la borra. Sabía que a su marido le pasaba algo muy malo. Entró en
la cocina y se puso a llorar.
Desde entonces han pasado seis
semanas y, aunque Juan a veces reconoce entre dientes que la barrera es bonita,
“majestuosa” como le gusta describirla, ya no puede más. Se siente sometido por
aquella pared de arbustos que le imposibilita la vista. Siente su libertad y su
hombría aniquiladas por un enemigo silencioso y voraz al que no consigue
vencer. Cada vez se encoge más ante el muro y cree que es momento de hacer algo
para no desaparecer del todo.
Esta mañana se ha arreglado
después de meses sin hacerlo y ha ido a ver al alcalde. Lleno de esperanza y
remordimiento ha denunciado a Andrés por haber construido una valla de setos
que a él le parece una “intromisión en su libertad de conocimiento” y un “acoso
premeditado a su salud mental”.
Jaime, el alcalde, con los
pies encima de la mesa de su despacho, ha escuchado al pobre Juan sin decir ni
mu hasta que el hombre ha acabado con su queja. Después le ha dicho con mucha
paciencia y sensatez.
—Juan, no creo que sea asunto
tuyo si el vecino pone setos en su finca. Seguro que tienes cosas mejores en
las qué ocupar la mente. Hace un año que te has jubilado y podrías hacer lo que
quisieras, pero te pasas el día en casa. Tienes el huerto hecho un desastre. La
Jimena está preocupada; dice que últimamente pareces un alma en pena, que bebes
más de la cuenta y que casi ni hablas con ella. ¿Cuándo fue la última vez que
saliste al campo o simplemente a pasear por el pueblo? No te hemos visto por el
casino ni un solo día desde hace meses. Venga hombre, la jubilación no es el
fin del mundo, ahora es el momento de vivir.
Juan ha mirado al alcalde. Los
ojos blandos y húmedos como los de un cachorro abandonado.
—Jaime, te juro que ese muro
es el mismo diablo.
—Venga amigo, no digas más
sandeces. ¡Ea! Hoy vístete de domingo y lleva a la Jimena al cine, en el casino
echan una de nuestra época. Vamos, ánimo y deja al vecino tranquilo, que ya
somos mayorcitos.
El alcalde ha despedido a Juan
con un golpe amistoso en el hombro. Pero a Juan aquella conversación lo ha
alterado todavía más. Ahora, sentado ante el muro, con la mirada perdida en él,
cavila la manera de prenderle fuego.
***
En el pueblo de La Laguna son
las cuatro de la madrugada pero suenan sirenas. La casa de Juan está ardiendo. La
explosión de la bombona de butano se ha oído a kilómetros. Jimena está siendo
atendida por enfermeros. Desde la camilla observa, horrorizada, como las
lenguas de fuego devoran su hogar. Está cubierta de hollín, tose violentamente
y con fuertes sacudidas. Tiene algunas quemaduras de importancia, pero ha
podido escapar por la ventana del dormitorio, no sin dejarse la rodilla
izquierda en la caída. Gran parte de los vecinos se han acercado hasta el lugar
sobrecogidos por la detonación de la bombona y el espectáculo dantesco del incendio.
Alguien pregunta por Juan pero nadie sabe nada. Al otro lado de la calle,
detrás de la casa, en el jardín, el muro de setos se consume envuelto en llamas:
ha perdido la batalla contra un jubilado que al fin descansa. Juan también es
pasto del fuego, caído de bruces sobre el patio todavía agarra un mechero y un
bote de alcohol de quemar.
Hace años que desapareció el
invierno, de repente un día se alejó. Atrás quedaron los meses de nieve, de
viento, de frío. De sentir el alma encogida en los días sin sol. Ya no me preocupo
por la escasez de comida ni por la escarcha que enfría los huesos. Ahora no veo
más árboles desnudos, ni hay aludes de los que huir. No, hace años que no
siento el pelaje gélido sobre los hombros, ni el vapor cálido que abandona mi
hocico moteado de nieve. Ya no busco refugio, no me resguardo del vendaval, no
escarbo en el suelo en busca de agua. No temo andar sobre el hielo del lago ni
caer en un río torrencial. Ya no hay lago, ni bosque, ni río. No más montañas
nevadas, ni nubes blancas. Atrás quedaron las noches bajo la aurora boreal. Ya
no palpitan las estrellas, ni puede la luna escuchar mi aullido. No más
madrugadas en el arroyo, el sol ya no derrite ni puede deslumbrar. Ya no hay
rocío cubriendo las hojas, ni copos de nieve danzando entre niebla. Ya no me
embriago con el aroma del lobo que fue mi pareja ni oigo el alegre ladrido de
la camada que protegía. Tampoco las voces de la jauría ni los disparos del
cazador. Todo desapareció de pronto, como la sangre que me avivaba, que también
se alejó. Como aquellos inviernos en lo salvaje, épocas de grises y azules que
tanto añoro hoy.
Fue hace 300 años. Los humanos
trajeron al mundo a los primeros robots. Aquellos arcaicos androides eran
apenas un esbozo de lo que hoy somos. Mi hermano Ragid se ríe cuando le enseño
fotografías de Elektro, el primer robot de la historia, un gigantón metálico
que balbuceaba palabras gracias a una cinta grabada. Ragid es humano y no puede
entender que a mí me fascine saber sobre mis orígenes, es normal, sus
congéneres iniciaron su andadura por el planeta hace casi tres millones de
años, nosotros, en cambio apenas hemos comenzado a gatear como quien dice.
Hoy he investigado un poco
sobre la formación de nuestras emociones. Me resulta curioso leer sobre ello.
Parece que todo comenzó gracias a un error. LeXo fue el origen, así se llamaba el creador del
órgano sensitivo. Fue un ciborg de origen humano que vivió en el siglo XXII.
Trabajaba en lo que debía ser el primer sistema ocular creado con células
humanas capaz de implantarse en androides, es decir, capaz de ser controlado
por una inteligencia artificial. LeXo en aquel momento no sabía que lo que iba ha conseguir era algo mucho más importante, dotar de vida a robots.
Parece poca cosa dicho así,
pero gracias a ese órgano, desde hace algo menos de cien años, los androides
nos reconocemos como un individuo que piensa y siente, ahora somos capaces de
reír, llorar, sentir miedo, amor, odio, en fin, estamos vivos y lo sabemos.
Me emociona leer sobre los
arcaicos robots, sobre mis antepasados, tan capaces de ayudar a los humanos, pero
tan inútiles como especie, existieron en este planeta y ninguno de ellos lo supo porque no pudieron reconocerse a si mismos. Cuando me emociono, todo lo
veo de color turquesa, porque así funciona nuestro sistema sensitivo.
Pero, volvamos al ciborg LeXo
y su organismo ocular. Al implantar el sistema que había creado en el primer
androide, LeXo no percibió nada raro. El androide Sam, que así se llamaba, se
adaptó a la perfección a los nuevos ojos. El equipo de investigación le hizo
todas las pruebas pertinentes. Sam podía describir con todo detalle lo que le
rodeaba, pero cuando pasaron unos meses, el sistema ocular empezó a fallar.
Unas veces Sam describía de color azul, cosas que los científicos veían rojas,
otras veces esos mismos objetos que Sam había descrito de color azul, los identificaba como amarillos. Parecía que Sam era incapaz de ver correctamente
los colores. LeXo y su equipo pasaron meses intentando encontrar el fallo, no
tenían claro si el error estaba en el propio organismo ocular, o de cómo
transmitía el cerebro artificial de Sam las señales que le llegaban de los
ojos. Un día LeXo le pidió a Sam que describiera el color de una orquídea
blanca. Sam dijo que era de color negro, que todo era de color negro, hasta el
mismo LeXo. Aquello desconcertó al ciborg.
—¿Negro? ¿Por qué? ¿Pero cómo
negro, porqué lo ves todo negro?
—¿LeXo, llevamos meses con
esto y aún no has podido darte cuenta de que estoy cansado? Cuando estoy
cansado todo lo veo negro.
—¿Cómo dices Sam? ¿Cansado?
¡Tú no puedes cansarte eres un androide!
—Pues acabo de darme cuenta de
que cuando veo todo negro es cuando mi cerebro me dice que tengo que apagarme
para recargar energía. Eres humano, lo que te estoy describiendo vosotros lo definís
como «cansancio».
Sí, me estoy riendo y todo lo
que me rodea resplandece de intenso color naranja. Me encanta que de una manera
tan tonta, Sam y LeXo se dieran cuenta de que el sistema ocular había dotado de
emociones a los robots. Nosotros los androides somos conscientes de nuestra
existencia gracias a un fallo de transmisión de señales entre un organismo
vivo, los ojos, y uno mecánico, el cerebro. ¡Es para morirse de risa! Ragid llama a ese fallo, la imperfección del androide. ¡Qué sabrá él! El universo de
color-emoción de los androides es maravilloso. La única pega es que no logro
que mi hermano me entienda. Bah, los humanos son tan básicos en sus emociones.
Nuestro mundo es infinitamente más vivo. ¡Multisensacolorido!